Asimov: Pensar es incómodo

foto: Getty Images



Pensar es incómodo, por eso se vuelve raro en un mundo que ansía atajos fáciles.
Hace décadas, el escritor Isaac Asimov puso nombre a algo que hoy sentimos, aunque no siempre sepamos explicarlo. En su ensayo El culto a la ignorancia, escribió para quienes notan que algo no encaja en la forma en que pensamos y opinamos… pero todavía no habían encontrado las palabras para definirlo.
Su idea era cruda: se ha creado un culto a la ignorancia colectiva. Y esto puedes llevarnos a una sociedad con consecuencias fatales…

El culto a la ignorancia

La ignorancia ya no es una falta de conocimiento. Ahora es un refugio emocional.
Durante siglos, no saber fue el punto de partida natural del aprendizaje. Sócrates lo resumió bien: «solo sé que no sé nada». Reconocer la propia ignorancia abría la puerta a comprender mejor el mundo y emprender así un camino hacia la sabiduría. Hoy ocurre lo contrario.
No saber ya no invita a aprender, ahora protege de la incomodidad de descubrir que estabas equivocado, porque rectificar duele. Duele en la autoestima.
El culto a la ignorancia no es el odio al conocimiento, es el miedo a fallar en público.
Reconocer que no sabes algo implica aceptar que quizá tu forma de ver el mundo (política, moral, cultural) necesita ajustes. Y eso, en una sociedad obsesionada con exhibirse ante el resto, es demasiado incómodo. No se premia el proceso de quien con humildad aprende y rectifica, lo que se premia es la certeza de quien afirma sin dudar y no cambia de ideas, porque parece saber bien de lo que habla.
Por eso tantas discusiones no son sobre ideas, son sobre quién eres.


Los debates, mayoritariamente son solo dos personas defendiendo posiciones que nunca cambiarán para no reconocer públicamente su error. Lo que defienden son sus identidades, aquellas creencias que les definen y que no cambiarán ni aunque estén equivocadas.
Y ahí es donde empieza el culto a la ignorancia que Asimov temía...

Igualdad no es equivalencia

Cuando la ignorancia se normaliza, confundimos igualdad con equivalencia.
Asimov aquí tiene una visión dura: en democracia todos tenemos derecho a debatir, pero no todas las opiniones valen lo mismo.

La idea de que «todas las opiniones valen lo mismo» nace de una buena intención, pero tiene un efecto secundario dañino: mata el deseo de aprender. Porque si mi opinión no trabajada vale igual que la tuya, ¿para qué esforzarme? ¿Para qué leer, estudiar, dudar, incomodarme?


El resultado es un espacio público cada vez más ignorante.

Así sucede la Ley de Gresham en el debate público. Los mensajes que llegan a la ciudadanía se simplifican poco a poco para que hasta la persona más ignorante pueda sentirse cómoda al escucharlo sin tener que hacer el esfuerzo de aprender. La consecuencia es un lenguaje cada vez más pobre y conceptos más simples y errados. Y cuando el lenguaje se empobrece, el pensamiento lo sigue.

Solo con lemas, memes y frases cortas no se construyen ideas complejas, ni se pueden tomar decisiones serias, ni se puede debatir de temas de importancia. Sin palabras precisas no hay matices, sin matices no hay comprensión real.

Un lenguaje pobre limita lo que decimos y limita lo que podemos pensar. Sin embargo, debido a la Ley de Gresham, es lo más simple lo que se propaga más. Por eso el mensaje más viral es hoy es el más simple, el más corto, el más emocional. El que menos te exige pensar.

Ahora, la pregunta inevitable: ¿qué pasa si se empieza a recompensar lo simple? Este era el riesgo que Asimov veía. Cuando el debate público se adapta a la ignorancia, en vez de combatirla, y los gobernantes ven que lo más eficaz no es explicar la compleja realidad, sino simplificarla para atraer votantes, estamos en peligro.

Así, poco a poco, dejamos de tener una democracia seria.
Y nos deslizamos hacia una oclocracia.
Del gobierno del pueblo al gobierno de la muchedumbre, justo lo que Asimov temía.

Atreverse a pensar

Aquí aparece la gran paradoja.

  • Nadie te impide pensar.
  • Nadie prohíbe ideas.
  • Nadie quema libros.

Lo que ocurre es mucho más sutil: el entorno hace que pensar no sea necesario.

¿Por qué buscar información por tu cuenta si un algoritmo ya recogió tus datos personales y decidió qué mostrarte? ¿Por qué revisar tus creencias si cada vez que las repites recibes aprobación en redes sociales? ¿Por qué incomodarte en pensar si puedes decirle a la IA que lo haga por ti? Así, poco a poco, dejamos de cuestionar lo que consumimos y pensamos.

El problema no es la tecnología. El problema es nuestra relación pasiva con ella.

Ni Google, ni la inteligencia artificial, ni el acceso ilimitado a información han reemplazado jamás el esfuerzo de comprender. Pero la ilusión de tener respuestas rápidas nos hizo creer que ya no hace falta pensar. Que ya no hace falta pararse a reflexionar y que, como todo va cada vez más rápido, pensar sigue la misma lógica.

Una mente que piensa no se deja arrastrar con facilidad y una sociedad que reflexiona es difícil de dirigir en grandes masas de pensamiento único. Parece que la persona más peligrosa ya no es la que protesta. Es la que se sienta…y piensa.


 fuente: Jardín mental

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