17 abril 2026

Todos quieren a Darwin en sus filas

Las derechas y las izquierdas: todos quieren a Darwin en sus filas.

Dennis van de Water/Shutterstock
Autoría: A. Victoria de Andrés Fernández, Universidad de Málaga

Todas las civilizaciones tienen una cosmovisión característica. Los pueblos se desarrollan en un conjunto de creencias, supuestos y formas de interpretar la realidad que les sirven de referencias para entender la vida. Esto incluye tanto la forma de contemplar la naturaleza humana como la manera de concebir el orden social, los valores morales o las propias concepciones sobre qué es la verdad.

A veces todo da un vuelco y aparecen personas que revolucionan esta manera específica de concebir el mundo. Normalmente son filósofos, religiosos o políticos. En 1859 fue un científico el que puso patas arriba la cosmovisión de Occidente. Se llamaba Charles Darwin.

¿Por qué El Origen de las Especies levantó tantas ampollas?

La propuesta de que la selección natural era el mecanismo que explicaba la evolución fue una idea brillante. Dado que aún no se conocía la existencia de los genes, la intuición de Darwin fue muy meritoria. Aunque lo realmente rompedor no fue la hipótesis en sí sino lo que implicaba: que el ser humano dejaba de ser algo único y excepcional. Tumbaba de un plumazo nuestro ego con una idea revolucionaria: los sapiens ya no nos situábamos en el último peldaño de la escalera hacia una supuesta perfección.

Desde esta nueva perspectiva, los humanos éramos, tan sólo, una ramita del frondosísimo árbol de la vida, un animal más de la esplendorosa naturaleza donde todos compartíamos un mismo origen.

Con los años, esta osada apuesta pasó de ser la intuición de Darwin a una realidad constatada en el laboratorio. El descubrimiento del ADN demostró que todos los seres vivos estamos emparentados genéticamente. La vida estaba escrita con el mismo código para todos.

Genial para unos. Demoledor para otros.

Descendientes de LUCA

Aunque hoy día está claro y cristalino que todos los seres descendemos de LUCA, nuestro último antecesor común (Last universal common ancestor), las cosas sonaban de forma muy diferentes a mitad del siglo XIX. Asegurarle a muchos que estaban emparentados con un rábano o un alcornoque no era tarea fácil. Como tampoco lo era asumir que los narigudos monos de Borneo eran primos cercanos.

Por otra parte, quitarle al ser humano su estatus diferencial tenía unas connotaciones filosóficas muy difíciles de asumir porque trascendían lo puramente material de nuestra presencia en el planeta. Con la hipótesis de Darwin sobre la mesa, la moral, los valores éticos y las capacidades reflexivas consideradas netamente humanas dejaban de constituir algo eterno e inmutable. Pasaban a ser el resultado de un proceso adaptativo equiparable al que conformó la forma de nuestras orejas o al que seleccionó el funcionamiento de nuestro hígado.

Es más, nuestra propia existencia tampoco tendría por qué obedecer a una finalidad premeditada. Podría ser explicada, tan solo, como el fruto de un camino azaroso lleno de casualidades evolutivas.

Esta representación gráfica de la evolución humana es tan conocida como inexacta, tanto por dar una visión finalista y determinista del proceso evolutivo como por considerar que el origen de los diferentes homínidos ha sido anagenética (unidireccional) en vez de cladogenética (ramificada) seaonweb/Shutterstock

No sabría decir cuál fue el pilar que más se tambaleó con las ideas de Darwin, si la biología, la filosofía o la teología. Pero ni las reticencias a asumirlas ni las encolerizadas críticas pudieron frenar lo que resultó ser una evidencia científica.

Superviviente de las más iracundas batallas, Darwin empezó a considerarse como uno de los grandes talentos de todos los tiempos.

Arrimando el ascua a su sardina: las diferentes apropiaciones del darwinismo

El potencial de las ideas encerradas en El Origen de las Especies no pasó inadvertido a sociólogos y políticos.

Darwin era un filón: el argumento aséptico y neutro que todos buscaban para dar a sus postulados un barniz científico. Y por eso todos se aprovecharon de la objetividad de la ciencia para justificar la subjetividad de sus ideologías. Curiosamente, y desde posturas claramente antagónicas, todos cometieron el mismo error metodológico: mezclar churras con merinas.

Por una parte, y si empezamos por la versión más despiadada del liberalismo capitalista, apareció lo que vino en llamarse el darwinismo social. Conceptos puramente biológicos como “selección natural” o “supervivencia del más apto” supusieron una perita en dulce para, una vez aplicados a la sociología, la economía y la política, justificar el desmedido abuso de poder de los “más fuertes” en detrimento de “los más débiles”. El “todo vale” en la lucha competitiva en los mercados era, para pensadores como Herbert Spencer, una simple manifestación en lo social de la “supervivencia del más apto” en lo natural.

Este uso manipulado del darwinismo tuvo una orientación distinta cuando el escenario de los diferentes estamentos sociales de la aterradora Inglaterra de la Revolución Industrial se sustituyó por grupos nacionales o raciales. En estos contextos, un perverso uso del darwinismo se utilizó para justificar ideas tan execrables como la eugenesia o el racismo.

Pero las izquierdas no se quedaron atrás. Marx sutituyó la lucha por la supervivencia por la lucha de clases, simplemente cambiando el marco natural por el histórico. Tanto es así que Engels, en el entierro de su colega, afirmó que “Marx descubrió la ley de la evolución de la historia humana”, sin mencionar el hecho de que Darwin renunció explícitamente a defender el ateísmo. En una carta dirigida al activista Edward Aveling, fechada el 13 de octubre de 1880 y preservada en el Darwin Correspondence Project, se conserva la renuncia de nuestro científico a respaldar los argumentos que contra el cristianismo hacía el materialismo histórico. Muy sabiamente, Darwin, aludiendo a su falta de competencia en estos menesteres, manifestó su claro y directo deseo de quedarse exclusivamente confinado en el campo de la ciencia.

A la ciencia lo que es de la ciencia

Esta separación clara del darwinismo científico del darwinismo ideológico, curiosamente, no la presentan muchos científicos actuales. A diferencia de grandes biólogos evolutivos como Theodosius Dobzhansky, Francisco José Ayala, Stephen Jay Gould o Francis Collins, otros se empeñan en tratar de fundamentar una serie de dogmas intangibles en los textos de Darwin. Son los llamados darwinistas ortodoxos, que se empecinan hoy, al igual que los ateístas científicos del siglo XIX, en considerar que es lo mismo poder explicar la evolución de las especies por selección natural que poseer una prueba para negar la presunta existencia algo parecido a Dios.

Da un poco de pereza intelectual pero es que esta obsoleta y superada pugna ciencia-religión continúa siendo periódicamente resucitada. Parece ser que muchos no terminan de admitir que se trata de un falso dilema, un [reducionismo] que, en realidad, no es más que una trampa metodológica.

Darwin lo tuvo muy claro: a la ciencia, exclusivamente lo que es de la ciencia. Y no es que la política y/o la religión no tengan sus verdades y/o falsedades. Es que, simplemente, implican subjetividades que, ni pertenecen al campo del conocimiento científico, ni funcionan metodológicamente de la misma manera.The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández, es Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de MálagaEste artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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16 abril 2026

Publicidades en segundo plano y altura espacial

No es que me parezca mal, pero sí, me parece excesivo el culto a los personajes. No sería yo, nunca, el que menospreciara el valor de lo que no tengo reparo en calificar de proeza que han llevado a cabo. Pero creo que no es malo tener una actitud crítica. Y la tengo. 
Soy de los que piensan que aquel bote de Nutella flotando en primer plano en una transmisión en directo, no fue una casualidad, como tampoco lo son los planos suficientemente cercanos como para poder identificar los relojes, tanto oficiales como personales, que llevan los tripulantes, antes, durante y después de la misión. Los que somos aficionados a la relojería, vemos estos días extensos debates (combates, diría yo) en cuanto a otorgar la primacía a Breitling Navitimer o a Omega Speedmaster.
Todas estas especulaciones tienen cierto sentido, y creo que son comentables, quizás criticables, pero difícilmente censurables. 

Si se trata de culto al personaje, esta proliferación de imágenes, me resulta igual de aceptable, incluso más, que la de otro tipo de personajes, que pueden ir desde Vinicius Junior, hasta Carlos Alcaraz o un buen montón de figuras públicas cuya actividad muchos catalogarían de "poco interesante para el bien común", por no hablar ya, de esa nueva categoría de parásitos sociales catalogados como "influencers".
En cualquier caso, a mí me hubiera gustado más, un poco de discreción.

 

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15 abril 2026

¿Quién decide hasta dónde puede llegar la ciencia?

GMAST3R / ISTOCK

Autoría: María Ángela Bernardo Álvarez, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

«Hace unas semanas, dos preciosas niñas chinas llamadas Lulu y Nana llegaron al mundo llorando, tan sanas como cualquier otro bebé». Así comenzaba el vídeo en el que He Jiankui, profesor de la Southern University of Science and Technology de China, anunciaba en noviembre de 2018 el nacimiento, por primera vez en la historia, de bebés modificados genéticamente de forma intencionada. Su equipo utilizó la revolucionaria tecnología CRISPR para alterar el gen CCR5, relacionado con la infección por VIH, en el genoma de 31 embriones de siete parejas de China y Tailandia en las que el padre era seropositivo.

Aunque argumentaron que la edición con CRISPR podría paliar un grave problema de salud pública, la modificación no tenía fines preventivos ni terapéuticos: era una mejora genética (enhancement). Además, la variante que pretendían introducir se ha relacionado con una mayor predisposición a otras infecciones y la tecnología no había demostrado su seguridad ni su eficacia.

Por último, ni siquiera lograron experimentalmente los cambios deseados en el genoma.

Aun así, los científicos siguieron adelante e implantaron trece embriones en cinco mujeres. Como resultado, nacieron las gemelas Lulu y Nana, y un tercer bebé cuya identidad se desconoce.

Cirugía genética

El experimento, descrito por Jiankui como una “cirugía genética”, generó un fuerte rechazo internacional al considerarse “irresponsable, peligroso e inmoral”. El científico y dos de sus colaboradores, Zhang Renli y Qin Jinzhou, fueron condenados a penas de prisión y al pago de multas por la comisión de delitos de práctica médica ilegal y falsificación documental.

En la actualidad, se desconoce si las intervenciones genéticas han podido afectar a la salud de los menores editados. Lo que resulta evidente es que el caso ilustra los riesgos de una tecnología de doble uso, que ofrece grandes promesas y esperanzas en biomedicina y, al mismo tiempo, puede suponer graves amenazas, dado que los efectos sobre el bienestar y la integridad de las personas editadas aún no se han investigado ni se comprenden lo suficiente.

Una tecnología de doble uso

Casi una década después, dos compañías estadounidenses, Manhattan Project y Preventive, han comenzado a investigar el uso de la edición genética en embriones humanos con el propósito de erradicar, en teoría, dolencias como la fibrosis quística, el mal de Alzheimer, la distrofia muscular de Duchenne y la enfermedad de Huntington. Estas aproximaciones difieren sustancialmente de Casgevy, la primera terapia génica aprobada basada en CRISPR, en este caso para tratar a pacientes con beta-talasemia y anemia de células falciformes, cuyos cambios no se transmiten a la descendencia pues se llevan a cabo sobre células somáticas.

En realidad, estas empresas persiguen objetivos muy diferentes. Su idea es modificar el genoma en estadios tempranos del desarrollo embrionario, es decir, en la línea germinal, para producir variaciones que pueden ser potencialmente heredables. Este tipo de intervenciones se consideran prohibidas en los países firmantes del Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina (Convenio de Oviedo), entre los que se encuentra España.

En Estados Unidos, donde operan estas empresas, se limitan estas prácticas, pero diversas fuentes apuntan que dicha regulación podría flexibilizarse bajo la administración Trump, lo que abriría la puerta a experimentos que plantean numerosos interrogantes sociales, éticos y jurídicos.

Experimentos que plantean numerosos interrogantes sociales, éticos y jurídicos

En este contexto, cabe preguntarse quién debe fijar los límites en torno a las modificaciones sobre el genoma humano de la línea germinal, tanto en el ámbito experimental como en la práctica clínica, y bajo qué modelo de gobernanza se debe actuar. Estas cuestiones no son triviales, aunque tampoco resultan completamente novedosas. La historia de la biotecnología proporciona ejemplos de los cuales es posible extraer enseñanzas valiosas para el debate actual.

No es la primera vez que la investigación en el ámbito de la biotecnología se enfrenta a una tecnología con un potencial beneficio pero que, al mismo tiempo, también conlleva riesgos inherentes. El precedente más cercano es el desarrollo de la tecnología del ADN recombinante, también conocida como ingeniería genética, y el modo en el que la comunidad científica afrontó su vertiginosa irrupción a mediados de los años setenta del siglo pasado.

En 1973 se llevó a cabo la primera conferencia de Asilomar, un evento que congregó a más de un centenar de científicos con el fin de examinar los riesgos asociados a ciertos elementos y agentes empleados en los experimentos de biología molecular de la época. Fue la primera ocasión en la que la propia comunidad científica valoró la posibilidad de fijar límites al ejercicio de la libertad de investigación por motivos de seguridad.

En 1975 se celebró la segunda y más conocida conferencia de Asilomar, justo después de la publicación de un manuscrito sobre las cuestiones más controvertidas de la ingenería genética, artículo que también advertía sobre las consecuencias “impredecibles” del ADN recombinante.

En este segundo encuentro, en el que participaron un centenar de investigadores punteros en ingeniería genética, junto a periodistas y juristas especializados, se discutió sobre si podía o no levantarse la moratoria voluntaria que la propia comunidad científica se había autoimpuesto y, en caso afirmativo, en qué condiciones podrían reiniciarse los experimentos de forma segura. Sin duda, la segunda reunión de Asilomar implicó un cambio de actitud trascendental: frente a épocas pasadas, quienes se dedicaban a investigaciones de vanguardia en biotecnología eran muy conscientes de la importancia y de los potenciales riesgos de modificar la materia viva a nivel molecular.

Sin embargo, el consenso sobre este modelo de gobernanza, profundamente tecnocrático, no fue unánime debido a dos motivos principales. Por un lado, porque las conferencias de Asilomar se centraron en los aspectos relacionados con la seguridad, obviando otras cuestiones vinculadas, por ejemplo, con los valores y principios éticos y jurídicos en juego, así como otros temas relacionados con la autonomía, la justicia social o la solidaridad. Por otro lado, según argumentó un colectivo crítico de la Universidad de Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, en inglés), las conclusiones de Asilomar se alcanzaron sin una adecuada participación y deliberación ciudadana.

Esa exclusión se intentó subsanar ese mismo año en Cambridge (Massachusetts, Estados Unidos), la ciudad donde se ubican la Universidad de Harvard y el MIT, que pretendían por entonces construir laboratorios de alta seguridad para experimentos sobre ingeniería genética. Ante los temores existentes en aquella época, el Consejo municipal impuso una moratoria de seis meses y creó una comisión formada por personas legas en biotecnología con el propósito de que debatieran sobre su idoneidad. Tras reunirse durante meses y analizar más de 75 testimonios, tanto a favor como en contra de la tecnología del ADN recombinante, el comité publicó un informe en 1977 recomendando continuar con las investigaciones, pero con indicaciones más estrictas que las directrices que habían establecido a nivel federal los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de Estados Unidos.

Aunque este ejemplo se limitó a una pequeña región, sin duda conforma el primer precedente de gobernanza democrática de la biotecnología y muestra que la ciudadanía, incluidos quienes no tienen formación ni experiencia profesional especializada, puede deliberar sobre cuestiones técnicas complejas y tomar decisiones razonables y argumentadas.

Gobernanza democrática de la biotecnología

Asimismo, el modelo propuesto en las conferencias de Asilomar, que constituyó un punto de inflexión en la historia de la biotecnología, resulta hoy difícilmente replicable. En la actualidad, los desafíos éticos, legales y sociales de la edición genética con CRISPR, más aun después del irresponsable experimento del equipo liderado por He Jiankui, exigen una discusión más amplia que garantice una participación pública inclusiva y diversa. Es decir, en línea con lo que establece el artículo 28 del Convenio sobre Derechos Humanos y Biomedicina (Convenio de Oviedo), resulta esencial que las cuestiones fundamentales que plantean los avances en biología y medicina, como precisamente ocurre con las biotecnologías emergentes, sean “objeto de un debate público apropiado”.

Este precepto legal no es una mera declaración de intenciones, sino que fija un mandato jurídicamente vinculante en los Estados que han ratificado el Convenio, como España, mediante el que se reconoce que las decisiones que pueden tener consecuencias para el conjunto de la humanidad requieren una deliberación verdaderamente democrática, y no solo consensos sobre las cuestiones de naturaleza científico-técnica. En otras palabras, nos encontramos ante la exigencia de virar hacia un modelo de gobernanza democrática muy distinto al de Asilomar, y más cercano al impulsado en Cambridge a mediados de los años setenta, en el que también se garantice una información veraz y rigurosa sobre las posibilidades reales de CRISPR, evitando así las falsas expectativas y los miedos infundados.

Sin embargo, la investigación empírica más reciente sobre deliberación pública y toma de decisiones en torno a la edición genética muestra importantes lagunas en la construcción de un modelo de gobernanza verdaderamente democrático. A modo ilustrativo, una revisión publicada en European Journal of Human Genetics en 2024 puso de manifiesto un incremento de los esfuerzos encaminados a fomentar la participación ciudadana, si bien con sesgos que han favorecido a personas blancas y con elevada formación académica, y con metodologías que exigían el acceso a internet, lo que limitaba a quienes tenían bajos recursos socioeconómicos.

Otro estudio, publicado en Journal of Community Genetics en 2024, también dio a conocer las reticencias de la comunidad científica hacia la deliberación pública en cuestiones relacionadas con la edición genética. En general, estas prácticas se entendían no como un debate público apropiado, en los términos del Convenio de Oviedo, sino más bien como una actividad asociada a la mera transmisión unidireccional de información sobre la evidencia científica relativa a las intervenciones sobre el genoma humano. Este enfoque incurre en el denostado modelo de déficit cognitivo, una barrera estructural que puede limitar la puesta en marcha de un modelo de gobernanza plenamente democrático, limitando también los términos y las personas implicadas en el debate, y arrastrando así los mismos sesgos y problemas planteados en las conferencias de Asilomar hace casi medio siglo.

(Una versión de este artículo fue publicada originalmente en la revista Telos de Fundación Telefónica).The Conversation

María Ángela Bernardo Álvarez, Investigadora predoctoral en Bioderecho y Bioética, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea Artículo publicado originalmente en The Conversation

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Velas e inciensos

Velas e incienso, cuando el supuesto “bienestar” contamina la casa

Las velas aromáticas y el incienso pueden ser una mala idea para nuestra salud respiratoria. Shashi Chaturvedula / Unsplash. , CC BY
Autoría de: María Teresa Baeza Romero, Universidad de Castilla-La Mancha

Encender una vela aromática o quemar incienso suele asociarse al bienestar, la calma o la espiritualidad. Sin embargo, desde el punto de vista de la química atmosférica, ambos gestos implican algo mucho menos idílico: introducir una fuente de combustión dentro del hogar. Y esto no es recomendable, por varias razones.

Pasamos cerca del 90 % de nuestro tiempo en espacios cerrados, donde los contaminantes no se dispersan fácilmente y pueden alcanzar concentraciones superiores a las del exterior, incluso cuando el aire “parece” limpio.

Qué ocurre realmente cuando encendemos una vela

Cuando encendemos una vela, la mecha no es el combustible. Su función es transportar la cera fundida hasta la llama. Lo que realmente se quema es la cera, que en la mayoría de las velas comerciales es parafina, un derivado del petróleo –aunque también puede ser cera vegetal o de abeja–.

Este proceso de combustión nunca es completamente limpio. Además de dióxido de carbono y vapor de agua, se liberan partículas de muy pequeño tamaño (PM2,5 y ultrafinas) y una mezcla compleja de contaminantes gaseosos, como monóxido de carbono, formaldehído, acetaldehído y compuestos orgánicos volátiles (VOCs).

En interiores poco ventilados, las concentraciones de estas partículas y gases pueden aumentar rápidamente, hasta alcanzar valores comparables a los de entornos urbanos con mala calidad del aire, especialmente, cuando la combustión es inestable o la mecha es demasiado larga.

El incienso, una fuente de emisiones

El incienso suele percibirse como una alternativa “natural” a las velas perfumadas. Sin embargo, la evidencia científica indica que su impacto sobre la calidad del aire interior es, en general, mayor y más preocupante.

Durante su combustión, el incienso emite grandes cantidades de partículas finas y ultrafinas, además de monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y numerosos VOCs aromáticos.

Un resultado especialmente relevante es que aproximadamente un 4,5 % de la masa del incienso se convierte en partículas que podemos respirar. Esto es aproximadamente cuatro veces más que un cigarrillo. Así, el incienso es una de las principales fuentes de contaminación del aire interior en hogares de no fumadores.

No todas las partículas son iguales: el potencial oxidativo

Durante años, el riesgo para la salud se evaluó principalmente en función de la masa de partículas presentes en el aire. Hoy sabemos que esto es insuficiente. Un parámetro clave es el potencial oxidativo, que describe la capacidad de las partículas para dañar nuestros tejidos pulmonares.

Las partículas procedentes del incienso presentan de forma consistente un potencial oxidativo elevado, comparable o, incluso, superior al de partículas asociadas al tráfico urbano.

Las velas también emiten partículas con actividad oxidativa, especialmente cuando son de parafina, están perfumadas o arden de forma inestable. No obstante, su potencial oxidativo medio suele ser inferior al del incienso, que genera aerosoles más reactivos y con mayor capacidad de inducir estrés oxidativo respiratorio.

El papel de las fragancias: el aroma complica la química

El tipo de cera influye en las emisiones, pero no es el único factor. Las fragancias, tanto naturales como sintéticas, introducen nuevos compuestos en el cóctel de la mezcla emitida.

Durante la combustión, muchos perfumes liberan VOCs reactivos que pueden transformarse en otros contaminantes, como aldehídos –compuestos orgánicos volátiles irritantes formados por oxidación– y aerosoles orgánicos secundarios –partículas microscópicas que se generan en el aire a partir de reacciones químicas–, lo que incrementa tanto la cantidad como la reactividad de los contaminantes presentes en el aire interior.

Así, una vela comercializada como “natural” puede dejar de serlo, desde el punto de vista de la química del aire, si está intensamente perfumada.

Evidencias sobre efectos en la salud

La exposición continuada a los contaminantes emitidos por velas e incienso se ha asociado con irritación de las vías respiratorias, empeoramiento del asma y disminución de la función pulmonar, especialmente, en niños y personas con patologías respiratorias previas.

En regiones donde el uso de incienso es diario y prolongado, diversos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones con enfermedades respiratorias crónicas e, incluso, cáncer de pulmón, lo que refuerza la preocupación por este tipo de exposición doméstica.

¿Qué es peor para la salud: una vela o el incienso?

Si se comparan ambos en condiciones similares de uso, la evidencia converge: el incienso emite mucha más cantidad de partículas con mayor potencial oxidativo, libera una mezcla gaseosa más compleja y reactiva y cuenta con mayor respaldo epidemiológico de efectos adversos.

Esto no significa que las velas sean inocuas, sino que, en términos generales, el incienso representa la fuente más agresiva de contaminación del aire interior entre las dos.

Respirar mejor empieza con gestos pequeños.

En casa, solemos juzgar el aire por el olor o por lo que vemos. Si no huele mal y no hay humo a la vista, damos por hecho que es limpio. Sin embargo, la contaminación más relevante en interiores es invisible y se acumula poco a poco, sin avisar.

La química nos recuerda algo esencial: el bienestar no se quema ni se huele, se respira.

Por eso, reducir la exposición no pasa por prohibiciones radicales, sino por gestos informados y sostenibles. Usar velas y ambientadores de combustión de forma ocasional, limitar su duración, mantener las mechas cortas y la llama estable, ventilar bien durante y después de su uso, priorizar velas sin perfume y evitar el uso habitual de incienso en interiores son decisiones sencillas que marcan la diferencia.

Pequeños cambios cotidianos pueden reducir de forma significativa la cantidad de contaminantes que inhalamos. Porque cuidar el aire interior no consiste en renunciar al confort, sino en entender qué estamos respirando y cuándo merece la pena hacerlo.The Conversation

María Teresa Baeza Romero, es Catedrática de Universidad. Dpto. Química-Física. Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Ciudad Real. Inamol., Universidad de Castilla-La Mancha - Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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14 abril 2026

Amable

Tal día como hoy, de hace 20 años, era Viernes Santo. Eran más o menos las ocho de la mañana cuando recibí una llamada desde el centro donde mi madre llevaba 22 meses, prácticamente inmovilizada a consecuencia de un ictus que también le impedía la más mínima forma de comunicarse. No podía hablar y las respuestas a cualquier pregunta eran totalmente incomprensibles.

El día anterior, los doctores la habían sedado ya como piadosa forma de evitarle el sufrimiento después de llegar a una situación irreversible por causa de una isquemia intestinal. Yo había querido permanecer a su lado, pero me lo desaconsejaron, pues su estado era prácticamente vegetativo.
—Ves a casa y procura descansar. Dudamos de que esto se prolongue mucho. Ya te llamaremos.
Y así fue, y entre algo más de las ocho y las doce del mediodía, en dos momentos abrió los ojos y me miró. Solo eso. En un momento dado, alrededor del mediodía, me di cuenta de que ya no respiraba. Llamé a la doctora y le dije:
—Creo que ya está, ya ha acabado.

Hoy hace 20 años. Amable de nombre, hija de Finisterre y una familia de pescadores por generaciones, devolvió a la vida el préstamo que recibió durante ochenta y seis años.

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