Cumpliendo los noventa.

Y... que decir que no lo estropee.

Alcanzar los noventa años, se me antoja una bendición, pero que en mi caso, todo hace pensar sería una maldición. Porque, como me gusta pensar, somos como gotas en un inmenso océano y, sin embargo, somos seres irrepetibles. Sin duda únicos, como mínimo en un radio de diez años/luz. Cada uno de nosotros, diferente y maravilloso a la vez que mejorable; todos muy mejorables.
Estoy bastante convencido de que la vida no me propone una vejez tan larga y pienso que las cercanías de mis 90 años, ya transcurrirán en la memoria de aquellos que me quieren. Y por eso admiro, a la vez que envidio sanamente, el querido bloguero que no nombraré y que con edad semejante lucha por mantener ese entramado de neuronas inquietas, perfilando, aunque solo sea lo que él llama, el último soneto. Pero yo sé que solo es último, en el sentido de que lo será hasta que nazca el siguiente, por bien que a él ya le cueste creerlo.



Escribo este soneto apasionado
que nace del amor y el sentimiento.
Sois notarios de este testamento,
que se asoma a la luz, desorientado.

Noventa años y esto se ha acabado,
por falta de pasión y agotamiento.
No quiero añadir al sufrimiento
el tener que sentirme avergonzado. 

Respetarme el último latido
que se nutre del surco y de la espuma, mientras hago castillos, sin arena.

Mi próxima estación es el olvido,
entre bellos recuerdos y la bruma,
de esta triste vejez que me condena.

Todo mi cariño.

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