Vientos



Cuando el viento agita las espigas en los campos, los granos débiles sucumben y caen al suelo; los fuertes siguen germinando con más energía. Algo parecido ocurre cuando se agita el viento de las emociones. Sucumben siempre las menos auténticas.

El sabor del desagradecimiento, es amargo.
Creo que es una de las fallas humanas más punzantes y silenciosas. No se trata solo de la omisión de un «gracias», sino de una profunda ceguera del espíritu que ignora el valor de lo bien recibido y la intención detrás del gesto.
Quien es desagradecido no ve el esfuerzo, el tiempo o el sacrificio que otros invirtieron en su beneficio; sea mucho o poco, simplemente lo dan por sentado. Este olvido a veces desprecio, más que herir a quien se ofreció, empobrece a quien recibió y ahora lo padece, ya que le niega la capacidad de reconocer la bondad de lo recibido y, por lo tanto, la de ser verdaderamente feliz y pleno. Al final, el desagradecimiento es un muro que el ingrato levanta entre él y el resto del mundo. Quizás por eso, alguien sabio dijo, que no era bueno darle perlas a los cerdos.


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