La guerra en Irán marca el precio de la factura energética global y muestra a Europa el camino hacia la transición energética.
{tocify} $title={Sumario:}
La actual escalada de tensión en Oriente Medio no es solo una crisis de seguridad. Es, ante todo, una crisis energética con consecuencias económicas directas para Europa, China y el resto del mundo. Para entender la lógica subyacente hay que mirar al mapa: concretamente, a los 54 kilómetros de anchura mínima del Estrecho de Ormuz.
Ormuz, un cuello de botella para la energía global
Por ese angosto paso marítimo fluye el 21 % del petróleo mundial. Pero la cifra más reveladora es otra: si descontamos el consumo interno de los países productores, Ormuz representa la mitad de todo el crudo que realmente circula por el planeta. El gráfico publicado por Visual Capitalist (con datos de la Agencia Internacional de Energía para el primer trimestre de 2025) sobre el comercio de petróleo a través del Estrecho, por países, ilustra con brutal claridad quién depende de ese cuello de botella y quién no.
En el lado de los productores de petróleo, cinco países del Golfo –Arabia Saudí, Irak, Emiratos, Irán y Kuwait– concentran el 93,6 % de todo el crudo que transita ese paso. En el de los compradores, la dependencia es aún más llamativa: el 89,2 % del petróleo que atraviesa Ormuz tiene como destino Asia. China, con el 37,7 % del total, encabeza la lista con diferencia. India (14,7 %), Corea del Sur (12 %) y Japón (10,9 %) completan un cuadro en el que cualquier perturbación del Estrecho golpea de forma directa y desproporcionada a las economías asiáticas.
Estados Unidos, en cambio, recibe apenas el 2,5 % de esos flujos, reflejo exacto de su autosuficiencia energética y de por qué Washington puede permitirse agitar la región sin pagar el mismo precio que sus rivales económicos.
No es la primera vez que vivimos un shock de oferta en el mundo de la energía, y las consecuencias históricas siempre han sido las mismas: los precios suben (todos, porque todo usa energía), se ajusta el consumo a la baja de la energía que escasea y las tecnologías alternativas consiguen abrirse hueco a marchas forzadas. Las grandes disrupciones geopolíticas han actuado históricamente como catalizadores de transformaciones energéticas que en tiempos de paz habrían tardado décadas.
La historia como argumento: las crisis aceleran las transiciones
La Primera Guerra Mundial es un ejemplo paradigmático: fue precisamente la presión de ese conflicto la que impulsó, entre otros procesos, la transición del carbón al petróleo en América Latina, un cambio que, en condiciones ordinarias, habría costado mucho más tiempo consolidar.
El carbón europeo no llegaba por el bloqueo atlántico y fue rápidamente sustituido por el petróleo americano. Como consecuencia, América Latina llegó a la era de dominancia del petróleo casi 30 años antes de que lo hiciera Occidente. Las crisis del petróleo de los años setenta tuvieron un efecto análogo en Europa y Japón: aceleraron la diversificación energética, el desarrollo de la energía nuclear civil y los primeros programas serios de eficiencia energética.
En todos esos casos, la amenaza sobre el suministro fue el argumento que desbloqueó inversiones y reformas que la lógica económica cotidiana no había conseguido movilizar. El programa nuclear francés no habría existido sin la crisis del petróleo.
La pregunta no es, por tanto, si la crisis actual acelerará la transición energética. La evidencia histórica sugiere que lo hará. La pregunta es quién estará mejor colocado para aprovecharla.
Europa en la encrucijada
Europa ocupa hoy una posición incómoda. Atrapada entre su dependencia de las importaciones energéticas, con el suministro del gas y el petróleo ruso en cuestión, la presión de sus aliados atlánticos para comprar más petróleo y gas estadounidense y la lentitud de su propia transición –parcialmente bloqueada por la defensa de industrias maduras de combustión–, el continente corre el riesgo de pagar la cuenta de una crisis que no ha diseñado y de la que no extrae beneficio estratégico alguno.
Como señalan Mikel Otero y Ander Goikoetxea, quien no tenga la llave de los pozos ni el control sobre las rutas de suministro solo tiene una salida: desengancharse de los fósiles. Tal vez no debería sorprendernos que África se haya puesto a ello: el primer país del mundo en prohibir la importación de vehículos de combustión fue Etiopía en 2024.
Desde una óptica económica, la aceleración de la transición no es solo una respuesta ecológica o moral. Es la única estrategia que reduce la exposición de Europa a shocks exógenos de precios, refuerza su autonomía industrial y convierte en activo propio lo que hoy es vulnerabilidad estructural. La historia lo avala. La pregunta es si la urgencia llegará antes o después de que el coste sea insoportable.![]()
Mar Rubio Varas, Catedrática de Historia e Instituciones Económicas, (UPNA). Investigadora del Institute for Advanced Research in Business and Economics (INARBE), Universidad Pública de Navarra. Artículo publicado originalmente en The Conversation.