Treinta y cuatro años

Ricard Pardo
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Este es uno de esos post recuperados. Significa que los publiqué dos años atrás en el blog Noxeus y lo traslado aquí. Y lo hago hoy por ser aniversario y a la hora en que nos dejó. Creo que está mejor en este blog, que es más personal. Al mismo tiempo desaparece de allí. He adaptado las referencias temporales
.
Tal día como hoy, siete de marzo, en el año 1991, murió mi padre.
Llevaba casi dos años luchando contra un cáncer que se manifestó en la próstata de la cual fue operado, con el tiempo se recrudeció, hizo metástasis y afectó al pulmón.
Como muchísima gente de su época, el tabaco forma parte de su vida. Recuerdo de niño, que me mandaba al estanco a comprar sus cajetillas de «Caldo», en ocasiones «Celtas» para un tiempo después cambiar esos venenos, por otro, no menos tóxico; «Ducados». Recuerdo como sus bolígrafos «Bic Cristal» amarilleaban por la nicotina, en la zona del agarre de los dedos.

Era un hombre vital que había sufrido una adolescencia muy cruda y una juventud enmarcada en los conflictos bélicos. Un hombre al que le tocó vivir la Batalla del Ebro y la División Azul en Rusia. Y esto último, -es preciso que se sepa- de voluntario, nada de nada.
Su pasión era la caza, pero no era un deporte; era una forma de proveer carne a su familia. Mi madre era una experta cocinera, adobando como nadie el conejo de monte antes de que llegaran las famosas fiebres que diezmaron a los orejudos.
A pesar de la quimioterapia, los días menos dolorosos, los aprovechaba para ir al pequeño pueblo de Gualta, donde tenían una casita y sus mejores amigos. Y eso fue lo que hizo en su último día. La quimio castigaba y se le veía débil, pero siempre resuelto a no dejarse vencer por la depresión y las incomodidades del tratamiento. 

Le costó conducir su Renault 12 de vuelta a casa. Al punto de que al aparcar en el parking, le dijo a mi madre que se adelantara, que él ya iría subiendo (una calle en cuesta y tres pisos).
Quince minutos después, mi madre alertada por su tardanza, bajo a buscarlo y lo encontró en la escalera, sentado y muy fatigado. Como pudo lo ayudó a subir hasta la vivienda. Se tumbó en el sofá. 
Mi madre me llamó muy asustada. 
—¿Has llamado a una ambulancia?—le pregunté.
Contestó que no y yo le dije que ya lo hacía yo y que también venía inmediatamente. 
Cerré mi estudio de fotografía y llegué al mismo tiempo que la ambulancia. Los chicos de la Cruz Roja nos dijeron que lamentablemente había muerto.
Mi madre, me explicó que sus últimas palabras fueron un reproche cariñoso:
—No llames a Ricardo, no molestes al niño—
Ese niño, era yo, que en aquel entonces tenía cuarenta y dos años.
Deduje que había hecho un doble esfuerzo. Primero para llegar conduciendo a casa y dejar a su mujer segura en el hogar. Luego hizo todo lo posible para morir en su casa y no en la calle. De esto, estoy muy seguro.

Al día siguiente, me tocó ir al depósito a recoger su cartera, el anillo de matrimonio y una medalla y cadena con la Virgen en una cara y Jesús en la otra. Fue allí, en aquella nave fría y solitaria, donde me despedí de él. Han pasado treinta y cuatro años y sigue vivo en mi corazón. 


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