Qué hacemos con nuestro tiempo cuando no podemos hacer lo de siempre: una lección del gran apagón.
Apenas habíamos atravesado la llamada hora del demonio meridiano cuando un luminoso lunes primaveral pasó a convertirse en el día del apagón en España.
El país se vio asolado por un corte de electricidad a nivel nacional –sin precedentes en lo que llevamos de siglo– que duró, en algunas zonas, hasta el siguiente amanecer. A mí me sorprendió, curiosamente, explicando a mis alumnos en la universidad la importancia de la digitalización en la promoción de la filosofía transhumanista.
Pero lo interesante aquí no radica en qué estábamos haciendo cuando se produjo el desastre, sino en qué hicimos hasta que se restauró la normalidad, privados de corriente, para no morir de aburrimiento.
Lo que hacemos y lo que queremos hacer
Nuestras jornadas transcurren habitualmente entre lo que el pensador alemán Hans Blumenberg (1920–1996) definió como el tiempo del deber (Musszeit) y el tiempo del poder (Kannzeit).
El primero hace referencia al tiempo que, cotidianamente, empleamos en cumplir con las obligaciones o en satisfacer las necesidades primarias. En contraposición, el del poder es el tiempo que destinamos a la realización voluntaria de nuestros deseos. Este último escasea en las sociedades contemporáneas desarrolladas debido a los dilatados horarios laborales que tanto inquietan a los representantes políticos en la actualidad.
Tenemos poco tiempo libre. Por eso, tampoco nos preocupamos en el día a día de cómo llenar el tiempo del poder con actividades genuinamente significativas que, en realidad, sabemos que no podríamos materializar en la práctica. A menudo nos conformamos con ligeros pasatiempos para cubrir los ratos entre compromisos. Una pequeña píldora basta para colmar una mísera hora antes o después de cenar –quizá una dosis triple si es festivo o fin de semana–. Acudimos al pastillero en busca de remedios sin reparar en la enfermedad.
Los pasatiempos preferidos
Entre las opciones más populares para ocupar el tiempo libre en la España de 2024, teniendo en cuenta todas las franjas de edad de entre 6 a +55 años, destaca la interacción en redes sociales, donde se visualizan imágenes, vídeos o memes –con TikTok, YouTube y Facebook a la cabeza del ranking–.
También tiene éxito el uso de videojuegos en línea, especialmente tras el auge de plataformas como Twitch o YouTube Gaming. Y otra de las fuentes de entretenimiento más populares es el consumo de contenido audiovisual en streaming como el que comportan las series, las películas o los documentales que deglutimos en Netflix, Amazon Prime o HBO Max. Estas son nuestras medicinas contra el tedio.
Además de las favoritas, otras ocupaciones conforman el catálogo de opciones para llenar el tiempo libre con sentido: leer, escuchar la radio, hacer manualidades, salir a bares o restaurantes, realizar actividades al aire libre, viajar…
Pero –seamos sinceros– estas alternativas se encuentran almacenadas en un rincón de la trastienda. La industria del entretenimiento masivo, mediado por pantallas, ha ganado la partida a las propuestas personalizadas, que precisan del autoconocimiento para que nuestro tiempo del poder valga realmente la pena.
Cómo ocupar el tiempo de ocio (si existe)
El problema de nuestra sociedad puede ser la falta de momentos para nosotros mismos. Pero un aumento de estos, en detrimento del tiempo del deber, también será problemático si no sabemos cómo coparlos sin recurrir al “entretenimiento rápido” habitual, ya sea porque no esté disponible, como sucedió durante el apagón, o porque nos acabe causando hastío. Es un hecho que cada vez encontramos menos estímulo significativo en el digital switching. El remedio requiere de una reflexión profunda tanto acerca de la cantidad como de la calidad de las opciones con las que nos ocupamos en las horas libres.
La parca variedad de las posibilidades con las que contamos ahora en nuestros repertorios, sumada al irrisorio valor de las mismas, se manifestó durante la pasada crisis energética. Lo hizo para desconsuelo de los muchos que, enviados del trabajo a casa, se desesperaron por no saber qué hacer –no queriendo estar sin hacer nada– en ausencia de conexiones o con dispositivos sin batería.
No abogaré por la necesidad de aprender a estar sin hacer nada –la inactividad impuesta puede llegar a ser contraproducente–. Pero sí insistiré en que nos conviene esforzarnos por enriquecer nuestros inventarios con salidas que nos permitan experimentar algo de plenitud a largo plazo en el tiempo del poder.
Ir más allá
Personalmente, me resultaron inspiradoras las reacciones de los ciudadanos que decidieron aprovechar el parón para estrechar lazos con sus vecinos, ayudar a quienes sufrían cuadros de ansiedad, echarse a las calles para reunirse de forma espontánea alrededor de un transistor a pilas para mantenerse informados o a tocar música en vivo para descafeinar la situación. ¿Podríamos importar algunas de estas dinámicas a nuestras rutinas para invertir el tiempo libre más allá de las pantallas?
Estas cavilaciones no son para quienes han hecho sus deberes socrático-kantianos de conocerse a sí mismos y atreverse a pensar, ni para quienes han decidido vivir fuera de la zona de confort. Son para aquellos que han tomado por costumbre dejar en manos de los algoritmos la decisión de cómo pasar su tiempo del poder.
También para los que gracias al apagón disfrutaron por un instante de sus estrategias de ocio olvidadas, pero pronto volvieron a caer en los desgastados hábitos de entretenimiento, mientras soñaban en voz alta, en forma de post en X, con lo bonito que sería disponer de un periodo de desconexión forzada a la semana para poder trabajar en el cultivo de sus catálogos. No tenemos por qué llegar a ese extremo.![]()
Josefa Ros Velasco, Investigador Postdoctoral MSCA en Estudios de Aburrimiento, Universidad Complutense de Madrid
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

10 Comentarios
Evidentemente no todos pueden darse el lujo de bajar a la calle y encontrarse a los diez minutos con una vereda de tierra paralela a un río por la que puedes caminar hasta agotarte.
ResponderEliminarEn mi caso caminé, y no poco. Después de vuelta a casa y una ensalada y una ducha .
Y volvió la energía.
salut
Badar més que en una tarda normal. Hi ha moltes coses a fer, només cal recuperar alguns usos antics. O en el meu cas, un dia més en la vida d'un jubilat, que tenia el kit de supervivència a casa. De 12:30 a 6 que vaig estar sense llum, vaig dinar, fer la migdiada, això em va portar fins a les 3, i de 3 a 6, en comptes de veure alguna sèrie a Movistar, vaig endreçar CD,s ja que com la majoria de la gent no són cada un dins el seu contenidor.
ResponderEliminarEl que resulta patètic, és la narració epopeica que s'ha fet sobre els grans mèrits del ciutadà comú durant les hores que ens quedarem a les fosques. Ni que haguessim estat al front d'Ucraïna. L'apagada també ha servit per a la reivindicació del món analògic en oposició al digital. Oh, hem parlat amb els veïns! Hem llegit les pàgines d'un llibre! Hem sopat a la llum d'una espelma explicant-nos com ens ha anat el dia!
Salut.
Comulgo con la idea de Francesc de que raya la ridiculez, los supuestos méritos y la medalla colgada a la ciudadanía. Me gustaría ver -entonces, sí- que hubieran hecho toda esa legión que dicen, de estupendos, si el apagón hubiera sido como los que sufrieron en California, que duró más de una semana.
ResponderEliminarPues te diré, Ricard, la revolución empezará por dos motivos:
EliminarA) El día que se vaya el wifi y salten por los aires las redes
B) El dia en que el Corte Inglés deje de fiar a 30 día la compra en su supermercado.
Esos dos motivos , que parecen prosaicos y banales, serán suficiente para observar una revolución ciudadana, la que no se produce porque de una u otra forma el sistema lo va parcheando.
Salut
Muy de acuerdo, aunque no confío, en que se encienda en este país, revolución alguna con las gentes de hoy día, que están totalmente atontados. Así lo veo.
EliminarLa verdad es que entre buscar y encontrar velas, (dentro de casa), colocar pilas a linternas y hacer "probaturas", poner en orden un transistor, de los que había en un cajón y asegurarnos de que quedaba agua y comida suficiente, el tiempo se pasó volando.
ResponderEliminarLo de salir a la calle ni pensarlo, que no están las piernas, para subir y bajar desde un cuarto piso.
(... y mi mujer y yo, hablamos de cuando estos apagones eran el pan nuestro de cada día, recordando los candiles, los petromax con su "camisa" de ceniza, el cántaro de agua de reserva, y la certeza de que al día siguiente, en la lumbre de cepas, se haría un arroz con patatas y bacalao, como plato único.)
Buen apunte Juan. Estamos (más aún, la juventud de hoy) muy bien acostumbrados.
EliminarMira, yo disfruto igual de una salida a la naturaleza (que la tengo bien cerca), como de una tarde de lectura, cafetito y de colofón, al atardecer, una peli. Exactamente igual. Y procuro que no me falten ni un modo ni el otro.
ResponderEliminarA mí me encantó buscar las velas que siempre tengo y tener una excusa, diferente a la navidad, para encenderlas, aunque aun hubiera luz de la calle. En Cádiz la luz, y no es decir por decir, si es un dia sin nubes, es maravillosa. Teniamos una radio por lo que estabamos conectados aunque no fuera mucha la información de lo que realmente había producido el apagón, pero ahí estuvo, añadiendo su voz en la tarde, pero lo que realmente me agradó fue que como en otras ocasiones"extrañas" por diferentes motivos, mis tres hijos (que aun siguen en casa, algunos que no se ha ido aún y otros que han vuelto) fueran saliendo de "sus cuevas" ya que no podian ni ordenador ni juegos, y fueran apalancandose en el salón a "hablar" de muy diversos temas poco a poco, y es más, casi podría decir que la vuelta de la luz no fue para ellos un, "que bueno, venga, me vuelvo a mi mundo frente a las pantallas" sino que siguieron enfrascados en la tertulia varipinta que se habia creado.
ResponderEliminarel olor a velas apagadas es algo que me encanta😀
Un beso, Ricard.
Describes la cara amable del evento. Tampoco debemos olvidar que muchos enfermos sufrieron al no poder continuar con su oxigenoterapia y otras dependencias. Yo mismo pasé la primera hora de la noche sin poder usar mi CPAP de la cual dependo para dormir. Afortunadamente en mi lugar, la luz volvió un poco después de las 23 h. Un abrazo.
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