Soñé que caían copos de nieve color lavanda. La virginal blancura de las colinas tomaba ese tono indeciso que no sabe si es magenta o es cian. Recibí la sensación de que los árboles sonreían sorprendidos, al tiempo que los guijarros en las orillas del río no sabían qué pensar.
Soñé que a medida que esa nieve se iba fundiendo desprendía el aroma de la lavanda de una forma delicada, apenas perceptible pero presente. Vi a los pájaros movidos por la curiosidad y los ciervos, corzos y gamos, desconcertados. Era todo tan hermoso...
Súbitamente, una explosión me catapultó desde mi sueño hasta una calle repleta de cadáveres. Niños, mujeres y ancianos. Disparos entrecruzados me ponían en peligro y me refugié. Nuevas explosiones retumbaban al tiempo que el suelo trepidaba, dificultándome el permanecer de pie. Un joven soldado tiró de mí. Era fuerte y su tirón me produjo dolor en el brazo. Nos escondimos detrás de unas paredes derruidas. Sobre una puerta pude leer: медсестринство. Tras ella, más cadáveres.
Me pregunté si seguía soñando o dónde estaba. El soldado puso su mano sobre mi hombro y mirándome fijamente a los ojos, me dijo: З Різдвом Христовим, друже!
Me di perfecta cuenta de que estaba en una calle de Zaporiyia. El soldado me habló con una calma y tranquilidad que me helaron la sangre. 

—Duerme un poco y luego velarás mi sueño. Es posible que mientras, lleguen mis compañeros.
Me puse a tratar de dormir. Recordé la nieve lavanda y deseé con todas mis fuerzas retomar el sueño. Dormí, fue imposible soñar, pero no sé más. Jamás desperté.