Predicciones climatológicas

¿Qué clima nos espera en los próximos meses? Esto dicen las predicciones

Nieve en las azoteas de Madrid el 28 de enero de 2026. Fer99/Shutterstock
Autor del artículo: Andrés Navarro, Universidad de León

Las predicciones estacionales de los grandes centros internacionales, como el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF, por sus siglas en inglés), los Centros Nacionales de Predicción Ambiental estadounidenses (NCEP) y el Servicio Meteorológico Nacional británico (Met Office) proporcionan un marco de referencia fundamental para comprender el comportamiento de variables meteorológicas clave.

Si bien no ofrecen certezas inmutables, estas herramientas dibujan escenarios probabilísticos sobre precipitaciones y temperaturas que permiten identificar tendencias y riesgos con varios meses de antelación.

¿Qué son las predicciones estacionales?

Las predicciones estacionales se fundamentan en la inercia térmica de los océanos –su capacidad para absorber, almacenar y liberar calor lentamente– y su acoplamiento con la atmósfera. Gracias a esta inercia, la temperatura superficial del mar evoluciona mucho más lentamente que la atmósfera, actuando como una señal persistente que permite estimar las tendencias meteorológicas a largo plazo.

Sin embargo, como la atmósfera es un sistema caótico, los meteorólogos necesitan ejecutar múltiples simulaciones con ligeras variaciones para evaluar el grado de certeza que podemos asignar a los resultados. Este proceso despliega un abanico de escenarios posibles, lo que permite cuantificar la incertidumbre: si la mayoría de las ejecuciones coinciden, la predicción es más fiable; de lo contrario, la incertidumbre es alta.

Para visualizar este consenso, la mayoría de los centros utilizan mapas de probabilidad. En lugar de ofrecer un dato único, dividen el clima en tres categorías o terciles: inferior a lo normal, normal y superior a lo normal. El mapa final nos dice dónde han caído la mayoría de las simulaciones de ese abanico.

Así, un color intenso no indica necesariamente una lluvia torrencial, sino una alta confianza (muchos miembros del modelo coincidiendo) en que la estación será más húmeda o seca de lo habitual. Otros productos más específicos, como los del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), ofrecen mapas de anomalías medias que cuantifican la diferencia entre las condiciones previstas respecto a una climatología de referencia.

Despedimos a La Niña

El final de año estuvo marcado por un enfriamiento anormal de las aguas del Pacífico ecuatorial, un fenómeno que se conoce como La Niña. Este forma parte de un ciclo global del clima conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por su acrónimo en inglés) que cambia irregularmente cada 2-7 años entre fases cálidas (El Niño), frías (La Niña) y neutras.

Aunque 2026 arranca todavía bajo la influencia de La Niña, los informes más recientes del Centro de Predicción Climática de la NOAA apuntan a un cambio de ciclo: existe una alta probabilidad de que el sistema evolucione hacia una fase ENSO-neutral en los próximos meses.

Esto implica que, al desaparecer un patrón climático dominante, los pronósticos estacionales pierden fiabilidad y los factores locales ganan peso en la dinámica atmosférica. Esto da lugar a un escenario meteorológico mucho más volátil y complejo de anticipar. Además, si la transición hacia una fase positiva (El Niño) se produce de manera rápida, podríamos asistir a una reorganización de los patrones globales de precipitación y temperatura para la segunda mitad de 2026.

La señal unívoca de los modelos para la temperatura

Si hay una variable donde los modelos muestran una señal especialmente consistente en la primera mitad de 2026, esa es la temperatura, tanto oceánica como atmosférica. Lejos de ser un resultado excepcional, los mapas refuerzan la tendencia ya observada en los últimos años: el pulso entre la variabilidad natural asociada al Pacífico y el calentamiento global, pulso que sigue decantándose a favor de este último.

Mapa que muestra las anomalías en la temperatura del océano, donde predomina el color rojo
Anomalías de la temperatura de la superficie del mar según el modelo del ECMWF para el período marzo-abril-mayo del 2026. El mapa destaca las regiones con una probabilidad mayor del 40% de situarse en el tercil cálido (rojo) o frío (azul) respecto a la climatología. Climate Change Service, Copernicus, CC BY-SA

Los datos indican que la capacidad de enfriamiento de la fase fría del Pacífico (La Niña) ya no es suficiente para generar anomalías frías persistentes a escala global. Su influencia se limita a mantener la región ecuatorial en valores cercanos al promedio, mientras que en la mayor parte del planeta domina la probabilidad de temperaturas superiores a lo normal.

Los mapas capturan, además, otra señal característica del cambio climático: la presencia de una temperatura anormalmente fría al sur de Groenlandia, conocida como warming hole o agujero de calentamiento, una región donde el calentamiento se ha ralentizado en comparación con el promedio global y que suele asociarse a cambios en la circulación oceánica del Atlántico Norte.

La precipitación, una variable esquiva al consenso

La señal que ofrecen los diferentes centros de predicción sobre el comportamiento de la precipitación para los próximos meses diverge notablemente según la región de interés. No es casualidad: la precipitación es el principal talón de Aquiles de los modelos, especialmente en latitudes medias, donde cualquier pequeño error en la simulación de vientos o temperatura se multiplica al estimar la lluvia.

En este sentido, nos enfrentamos a una clara disparidad en el grado de consenso. Si observamos el pronóstico del sistema C3S de Copernicus –que unifica y promedia la visión de los modelos de distintas instituciones–, la diferencia de nitidez entre la franja tropical y el continente europeo es palpable.

Para las regiones tropicales y América existe un mayor grado de acuerdo: la inercia de La Niña sigue dominando, proyectando precipitaciones por debajo de lo normal en el sur de EE. UU. y anomalías húmedas en el norte de Sudamérica.

De forma paralela, en el Sudeste Asiático los modelos también convergen. Proyectan condiciones más secas en Sumatra y Borneo, un comportamiento que podría interpretarse como consecuencia de la transición hacia una fase ENSO-neutral. Esta señal seca sugiere que el mecanismo de vientos alisios, que habitualmente intensifica las lluvias en el archipiélago malayo durante La Niña, estaría perdiendo intensidad.

Esta claridad de respuesta se desvanece al mirar hacia el norte. En Europa, donde no existe una influencia oceánica tan directa, el consenso desaparece. Mientras algunos modelos individuales apuntan a una primavera más húmeda en ciertas regiones, el promedio multimodelo apenas muestra una señal definida, lo que pone de relieve la dificultad de identificar un patrón común en este continente.

En definitiva, y según los datos de los que disponemos, el arranque de 2026 muestra una señal clara para las temperaturas, que serán más cálidas de lo normal, pero mantiene la incertidumbre sobre las lluvias. Es fundamental recordar que las predicciones estacionales no están diseñadas para anticipar eventos meteorológicos concretos –como una dana o una ola de frío puntual–, sino para definir las condiciones de fondo que favorecen o inhiben este tipo de fenómenos. Por ello, la estrategia más inteligente será tomar estas tendencias como guía general y complementarlas siempre con la predicción meteorológica a corto plazo.The Conversation

Andrés Navarro, Profesor ayudante doctor. Física aplicada, Universidad de León - Publicado originalmente en The Conversation.

2 Comentarios

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  1. A finals de Novembre a Rac1 la dona del temps deia que el Gener seria sec i poc fred.
    Les prediccions a llarg termini ja no són vàlides, només orientatives i potser ni això, el canvi climàtic ha alterat els paràmetres en que es regien. Jo tinc METEORED al mòbil, no n'èncerten ni una.

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  2. Sé, porque así ha sido desde que se tiene uso de razón, que el niño y la niña hacen temporadas de unos siete años de sequía y agua.
    Además, el cambio climático es un hecho, y el agua del mar está más caliente, lo que provoca, al menos en el Mediterráneo, estas lluvias tan salvajes.

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