Vivimos en una cultura aterrada por el vacío.
Cada silencio se llena, cada instante de quietud se invade. Pasamos de una notificación a otra, reproducimos bandas sonoras para cada hora del día, hacemos varias cosas a la vez…
Llenamos nuestras agendas, nuestras mentes, nuestros hogares…
El vacío se ha vuelto sinónimo de fracaso. Nos han enseñado que lo pleno equivale a valor, productividad, progreso. Y, sin embargo, bajo todo ese ruido y acumulación, muchos se sienten desconectados: de sí mismos, del mundo y del sentido. Pero la filosofía taoísta nos enseña que el vacío no es carencia: es capacidad. No es fracaso, sino potencial.
“Treinta radios convergen en el centro de una rueda. Es el agujero vacío, en el centro, lo que la hace útil.”
— Lao-Tse, Dao De Jing.
La utilidad del cuenco reside en su hueco. La utilidad de una habitación, en su espacio. El núcleo de la vida no está en lo que acumulamos, sino en lo que permitimos. Dicho de otro modo: lo que realmente nos nutre no es el contenido que perseguimos, sino la apertura que cultivamos. Vivir bien no es llenar cada momento, sino dejar espacio para que la vida se despliegue.

Tenía un buen profe en III de Teología (Fenomenología de las Religiones) que era dominico pero además practicaba el budismo, tal como suena, había estado mucho tiempo en Japón. Él siempre hablaba bajo y le sobraban las palabras, decía que no había que hablar más de lo debido y que el ruido, la aglomeración, la voz en alto, era lo que atosigaba y que el silencio era lo más preciado.
Quizá era uno de los mejores, junto a Leonardo Boff y Paniker, que también los tuve.
Las palabras llenan el vacío de un libro.
Vivir es ser, no tener.
Saludos.