Este post es un "reblog" desde el espacio de Laura Govela en Substack. (Psicologa sanitaria)(alert-success)
—¡Mira, hay un mono que se lleva un peluche a todas partes! —me dice, acercándome el móvil a la cara.
—Ay, qué bonito. —dije sin mucho entusiasmo, pensando que era otro video de los Therian. Pero después se hizo viral y ya no me quedó más remedio que prestar más atención.
Si no sabes de qué hablo.
Punch es un monito de un zoológico japonés que, al ser rechazado por su madre al nacer, solo encuentra consuelo en un maxipeluche de mono en el que se refugia y busca consuelo en momentos de malestar, como cuando sus iguales se meten con él. La verdad es que, si bien la relación entre el primate y su peluche puede parecer muy tierna, como psicóloga, no me resultaba algo sorprendente o nuevo.Cuando nos hablaron por primera vez de apego en la carrera, primero lo ilustraron con un experimento en bebés humanos y acto seguido con otro en monos. Dicho experimento se denomina “madres sustitutas” (Harlow, 1958). Separaban a crías de mono de sus madres biológicas al nacer y las criaban en jaulas individuales (mejor que no pienses ahora en los derechos de los animales).
En cada jaula disponían dos “madres” artificiales:
Una madre de alambre duro, que llevaba incorporado un biberón con leche.
Una madre de felpa, suave y acolchada (como el peluche de Punch), que no proporcionaba alimento.
La hipótesis de los investigadores era que los monos serían prácticos y pasarían más tiempo con la madre metálica que proporcionaba comida. Sin embargo, los monos solo se acercaban a la madre de alambre el tiempo imprescindible para saciar su apetito.
El resto del tiempo (una media 17 horas al día) lo pasaban abrazados a la madre de felpa, buscando contacto, calor y sensación de seguridad. Fue interesante comprobar que no era una necesidad básica como la comida aquello que incentivaba más a nuestros primos. Es el contacto y la seguridad emocional percibida.
Winnicott, un psicoanalista de los del diván, introdujo el término de objetos transicionales. Son objetos materiales elegidos por el bebé (como una mantita o un peluche) que le sirven para calmarse y sentirse seguro en ausencia de la madre.
¿Lo interesante?
Que los sistemas de apego y regulación no expiran al crecer, así que los adultos no nos libramos de sus influencias
El peluche que buscamos de adultos
Déjame decirte que todos hemos sido Punch. No porque tengamos problemas con mamá (que también, ejem), sino porque hemos necesitado refugio, contención y sensación de seguridad. El problema es que a veces se acaba buscando en los lugares (o de las maneras) menos oportunas.
Ten en cuenta que tu “peluche” puede adoptar varias formas:
Una pareja a la que nos aferramos incluso cuando no nos respeta demasiado.
El móvil que consultamos compulsivamente cuando nos sentimos solos.
El trabajo.
O incluso fenómenos como la hiperindependencia.
Podríamos decir que de adultos buscamos la regulación de una manera más sofisticada. Y aunque pueda ser dolorosa, es un tipo de regulación, al fin y al cabo. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando lo que eliges para regular no solo no lo hace, sino que además te activa? —Pues que entramos en el apasionante y difícil mundo de la regulación adulta.
Lo que nos lleva a lo siguiente…
¿Con qué te regulas cuando te sientes inseguro?
Tu sistema interno intenta ser lo más práctico posible (intenta evitar el dolor). Ante ciertos estados emocionales, y en momentos de tensión, le puede importar bien poco si lo que hace es saludable o no. Porque lo que le interesa es calmarse.
Y cuando lo que tiene a mano no es una relación segura, ni siente que pueda regularse a sí mismo, pues oye, tira por donde puede. Y así, puede aferrarse a una pareja regulinchi, porque la alternativa, su ausencia, activa algo más intolerable.
A veces es el móvil que se consulta compulsivamente cuando se siente soledad, porque la conexión constante puede amortiguar la sensación de desconexión.
Otra es el trabajo, convertido en identidad, porque el rendimiento ofrece sensación de valor y estabilidad.
O, como decíamos antes, la hiperindependencia, esa versión adulta del “no necesito a nadie”, que en realidad protege del miedo a necesitar y no ser sostenido.
No va sobre éxito, validación ni productividad. Va sobre un intento de regulación. De un cuerpo que necesita bajar la tensión y apagar la alarma para aprender a sentirse seguro.
Porque cuando no se ha aprendido a tolerar cierta activación interna sin desregularse, es fácil elegir cualquier peluche que ofrezca alivio inmediato. Aunque el precio sea alto.
¿Cuántos peluches has tenido en tu vida?
¿Sabes cuál es el actual?
-.-
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