Desde que a mi edad le pude colocar el dígito siete, siempre me ronda por la cabeza la cifra 77. Y es incómodo, pues la ronda interroga sobre si será esa la fecha de emisión de mi último telediario.
¡Hombre! No es algo que se desee, pero es innegable que forma parte del paquete de posibilidades. Uno es muy consciente de sus "averías" y de que cada vez que visita la consulta médica, encuentran algún reventón, grieta, taponamiento o desgaste. Como creo que ya dije con anterioridad, es como si este cuerpo que me contiene no supiera cómo morirse y el muy boludo (viva Argentina) anduviera buscando opciones. 
A veces en la cama, entre vigilia y sueño, le interpelo rogándole que no me joda y que se decida. Por lo menos así, uno ya va viendo a qué atenerse. Pero con ese catálogo en marcha, sinceramente, es una mierda. Y, francamente, aunque la Sanidad Pública está como está, yo no puedo quejarme, excepto de sus listas de espera. Son irracionales y muy difíciles de aceptar cuando está en medio de la batalla. Pero, por lo demás, ni una queja. Es más, entiendo que estoy saliendo caro de narices y que no puedo más que sentirme agradecido.

Hoy, el día que escribo esto, es un día de efemérides: el siete de marzo de 1991, murió mi padre, el mejor amigo que he tenido, y el siete de marzo de 2011 salía del Hospital Josep Trueta tras la extirpación de las dos terceras partes de mi pulmón izquierdo. Y me he dado cuenta de la fecha, ahora al escribir esta entrada. Ni me acordaba. 

¿Será posible que ese idiota y sus lameculos que lo envuelven tengan que amargarnos los últimos tiempos que vamos a pasar en esta vida?

Creo que algunos coincidiréis conmigo en que a ciertas edades, es posible observar con amplitud de perspectiva.  


Vine al mundo en una posada (ahora es un hotel con una constelación de estrellas), sin asistencia hospitalaria más allá de una comadrona. Eran tiempos en los que los humos nucleares aún no se habían dispersado, como aquel que dice, y el mundo afrontaba una recuperación imprescindible. Ahora, mirando hacia atrás, veo todo lo que hemos conseguido, pero es fácil darse cuenta de que la peor pandemia, no ha sido motivada por virus alguno. Hemos superado o controlado muchas gripes, sarampión, tuberculosis, polio, viruelas, cólera, VIH y alguna más, pero hay una (y es una "endemia") que puede con todos los posibles tratamientos y no parece tener remedio: 

La estupidez endémica de nuestra especie, capaz de lo mejor y lo peor.

Lo siento; sé que me repito; me gustaría poder evitarlo.