No, gracias.
A quella polvorienta carretera en la Ruta 66 era endemoniadamente recta, al punto en que corrías el riesgo de dormirte encima de la moto. Para nada ayudaban las líneas discontinuas que añadían al sopor del calor imperante, un cierto magnetismo hipnótico que te cerraba los ojos. A lo lejos, unas montañas oscuras perfilaban un horizonte que, por muchos kilómetros que marcara el cuentakilómetros, no parecía acercarse lo más mínimo. Tengo que parar o me voy a matar— me dije. Estaba al punto del agotamiento total, cuando apareció un letrero a la derecha de la carretera. Frené para poder ver bien si aquella parquedad cartelera era cierta o había más información. Pero no; solo el típico disco rojo de Coca-Cola y una flecha en diagonal ascendente apuntado hacia la derecha. Y claro, unos diez metros más allá había un camino pedregoso. Lo tomé sin dudarlo, pero en ese país, de millas y galones, las distancias no cuentan. Fueron 9 kilómetros hasta llegar a un lugar que r...