El invierno es sin duda, la estación del año donde el entorno se empeña en recordarnos la levedad de la existencia. Vemos las hojas caídas, después de haber adquirido ese color parduzco propio de la falta de clorofila y anuncio de una evidente falta de vida.
Y las ves caídas al lado del riachuelo que tanto agradecen los plátanos vecinos, que les da el agua necesaria para mantenerlos en una buena salud. Salud arbórea que nos ofrece aire limpio y buena sombra en los calores de la estación ahora lejana.
Y las ves caídas al lado del riachuelo que tanto agradecen los plátanos vecinos, que les da el agua necesaria para mantenerlos en una buena salud. Salud arbórea que nos ofrece aire limpio y buena sombra en los calores de la estación ahora lejana.
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Sembla que quasi es puguin tocar.
Me viene a la memoria un fragmento de una obra de Espronceda:
"Hojas del árbol caídas,
Juguetes del viento son..."
Es verdad, Ricard. Hay algo en el invierno que nos pone los pies en la tierra (nunca mejor dicho). Esa alfombra de hojas color café, flotando o hundiéndose en el agua, es el recordatorio perfecto de que todo tiene su ciclo.
Lo que me encanta de tu texto es ese contraste:
Por un lado, la levedad de la hoja que ya cumplió su misión.
Por otro, la fortaleza de esos plátanos que siguen ahí, bebiendo del riachuelo, preparándose en silencio para volver a darnos sombra cuando el sol apriete.
Es una imagen melancólica, sí, pero también muy honesta. Has captado ese momento en el que la naturaleza se toma un respiro para recordarnos que, para volver a brotar, primero hay que saber caer. ¡Un trabajo con mucha alma!
Saludos
Hola Joselu. Me alegra mucho ver un comentario tuyo en este blog. Agradezco tu visita.